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Sayulita, el reino de los hippies

Sunday 16 October 2011, by Sayulita

WWW.ELMERCURIO.COM. Hace tres años nadie sabía qué era Riv­iera Nayarit. Es más: ni siquiera se llam­aba así. Hasta que a la ofic­ina de tur­ismo local se le ocur­rió pon­erle un nom­bre más mar­ketero, éstas sólo eran las playas ubi­cadas al norte del cono­cido Puerto Val­larta, en el estado vecino de Nayarit.

De hecho, los pun­tos de mayor desar­rollo de Nayarit son un sitio lla­mado –vaya orig­i­nal­i­dad– Nuevo Val­larta, donde se alin­ean var­ios mega­hote­les frente al mar sin demasi­ada iden­ti­dad, y una bella marina, dicen que la más grande Méx­ico, lla­mada La Cruz de Huanacaxtle.

Sin embargo, hay una playa que ya fig­uraba hace tiempo en los mapas. En rigor, desde fines de los sesenta, cuando un grupo de sur­fis­tas hip­pies grin­gos encon­tró aquí su pro­pio paraíso en la Tierra y se quedaron a vivir para siem­pre. Ese lugar se llama Sayulita.

Sayulita no es pre­cisa­mente una playa de postal. Aunque está flan­queada por palmeras, sus are­nas son de color café, gran­u­ladas –así es en gen­eral la costa de Nayarit–, tiene olas que pueden alcan­zar cua­tro met­ros en tem­po­rada (de noviem­bre a mayo) y un río que desem­boca justo aquí, y que en época de llu­vias trae todo el barro desde la sierra, entur­biando sus aguas.

Pero lo que le falta en belleza –que es poco, en real­i­dad–, le sobra en onda. Todo aquí es muy surfer y hip­pie, un sitio que mez­cla pequeños bares en la playa con tien­das de dis­eño y pequeñas bou­tiques en el cen­tro donde los pre­cios pueden ser real­mente elevados.

Por decirlo de algún modo, el look ofi­cial de Sayulita incluye los bermu­das Quick­sil­ver, el torso desnudo y flacuchento, la barba des­cuidada, el pelo ensor­ti­jado y rubio que­mado de tanto sol y, cier­ta­mente, las tablas de surf.

En el pueblo –col­orido, des­or­de­nado, rui­doso– pul­u­lan gringos/as, cana­di­enses, franceses/as y mexicanos/as que o están tomando clases de surf o están bebi­endo Coro­nas, Dos Equis o Pací­fi­cos en la playa, o están bron­ceán­dose bajo el sol mien­tras los vende­dores ambu­lantes tam­bién pul­u­lan con col­lares de con­chi­tas o sospe­chosas joyas de plata que ofre­cen casi siem­pre en inglés.

Sayulita, en ese sen­tido, no es un mundo aparte como Punta Mita. Aquí caben y entran todos, siem­pre y cuando estén dis­puestos a prac­ticar la prin­ci­pal activi­dad de este lugar –más allá del surf– que es: hacer nada y sen­tarse a mirar cómo pasa el tiempo (y, de vez en cuando, darse un cha­puzón en el mar para aliviar el infer­nal calor de Nayarit, que fácil­mente supera los 30 gra­dos, con muchísima humedad).

Por estos días, en todo caso, la ten­den­cia en Sayulita es el yoga. En las afueras del pueblo –donde hoy se con­struye un exclu­sivo con­do­minio de casas pri­vadas– un par de hoteles-refugio se ha con­ver­tido en uno de los may­ores sím­bo­los del lugar.

Uno de ellos es el Hara­mara Retreat, un escon­dido con­junto de bun­ga­lows con­stru­i­dos sobre una loma, en medio de la selva, abier­tos, sin luz eléc­trica, sin ven­ti­lador ni aire acondi­cionado, donde gente de dis­tin­tas partes del mundo, vestida con túni­cas blan­cas y san­dalias, llega a med­i­tar y purifi­carse y a con­vivir en paz con las diver­sas especies de bichos que abun­dan por aquí: can­gre­jos, lagar­ti­jas, mapaches, mur­ciéla­gos.

Nadie se queja, por cierto. Al con­trario: todos andan rela­ja­dos, porque es jus­ta­mente lo que bus­can en este lugar. Un sitio que es “muy Sayulita”, como sue­len decir por aquí.

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